Swami Gurú Devanand Saraswati Ji Maharaj

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Introducción: Quinta parte

5,1. El señor de la Gītā menciona en su discurso VIII las tres y una formas en las que progresivamente es posible hallar al purushottama si el yogui atento le sigue, contemplativo, en sus funciones de morador del cuerpo, imperecedero, fiel, sabio y de voz insonora. Sus nombres son declarados en el discurso: adhibhūta, adhidaiva, adhyajna, son las formas, aunque en verdad sólo adhibhūta es formal. En cuanto a adhyātma es, según se dice: Nuestro estado propio natural, aquel que llega de permanecer en lo imperecedero (VIII, 1-4). Donde decimos formas deberíamos en verdad decir estados, porque las cuatro denominaciones que del discurso son aplicables, como se verá, a cuatro estados que la conciencia no pensante puede contemplar y conocer en los niveles superiores, propios de buddhi, tres de ellos arúpicos, sin forma. El prefijo adhi, que no falta en ninguno de estos nombres confirma que son superiores, supremos, es decir, provenientes de algo tan elevado como el kūtastha, el cual es, si atendemos a lo que dice el autor de la Gītā, el purusha imperecedero, el purushottama (XV,16).

5,2. Una vez que la existencia del purusha perecedero ha sido desmitificada por la acción del conocimiento y reducida por unos pensamientos libres y descondicionados a las cenizas de no ser nada, la meditación del yogui sólo es una: la contemplación pura, esto es, dhyāna en kūtastha. Allí todo es claramente no dualista y eso es el principio de la transformación que llevará desde lo perecedero a lo imperecedero, un proceso nuevo que se abre venturoso y que ahora conviene describir: Si los pensamientos callan, y su silencio se da por sí sólo cuando ellos, los pensamientos, ya saben bien que no hay un purusha perecedero al que gratificar y sostener, entonces, los impulsos de los gunas de prakriti terminan, y todo es invadido por una calma interior que es como una brisa suave de la mañana que disipa la niebla. Eso es el primer paso. Luego sobreviene por sí misma una especie de inundación más o menos poderosa de felicidad, o amor, o ternura, o quietud, o alegría, o silencio, o paz, o unidad…. Tiene muchos nombres lo que sobreviene y cualquiera de ellos le conviene. Este es el segundo paso y no hay más, porque ahora todo es tan sencillo y cotidiano como despertar después de haber dormido. El sueño vino en el purusha perecedero y el despertar fue en lo imperecedero. Como se dice en un saman (himno) de la Brihad-āranyaka Upanishad:

He pasado del no-ser (asat) al Ser (Sat);
De las tinieblas a la luz.
Estaba en la muerte y he venido a la Vida. (1,111,28).

Cuando el yogui reside en eso confirma que en verdad nunca hubo dos purushas en el mundo, sino uno sólo, el imperecedero; y cuando vuelve a la orilla de esto, porque es un ser viviente y su dharma se lo impone, también confirma que aunque parecen dos purushas, ambos son uno solo y el mismo. A partir de entonces, la conciencia en lo perecedero es una conciencia jubilosa, porque contempla a Brahman en todo y en todos los seres y es el Brahman contemplado lo que da sentido y realidad a la plenitud de esto. Por otra parte, la conciencia, recién nacida a lo imperecedero, en donde el yogui ha aprendido a indagar tal como busca la abeja en el cáliz de la flor, resulta ser un estado secretamente activo. Durante la contemplación de lo imperecedero, sin deseo de nada, sin pedir nada, en la quietud de la paz interior, resulta que sin notarlo, la luz no visible y los sonidos inaudibles de eso, se quedan impresos, como por impregnación, y se mantienen disimuladamente latentes en la conciencia, a la cual, cuando los necesita se le hacen patentes como si fueran reminiscencias, y todo eso hace posible la transformación verdadera.

5,3. A veces, el proceso de despertar en eso viene sin apenas ser notado y el yogui aprende a cabalgar a la vez en dos caballos, el de esto y el de eso. Poco a poco, el paisaje de eso se hace familiar y el yogui, que entró allí la primera vez como un niño, se hizo luego adulto tras sus frecuentes incursiones. Lo primero que todo yogui confirma ahora es que él es, en lo más puro e íntimo de sí mismo, el purushottama; y que el denominado purusha perecedero nunca fue tal purusha en verdad, sino una espesa envoltura de prakriti, con la que se identificaba.

El yogui comprende que el purushottama, su Ser verdadero, deberá descubrirlo por grados. Por el momento, el yogui se reconoce a sí mismo como adhibhūta, el cual debe ser explicado como la expresión más densa del purushottama. Por eso se dice que adhibhūta es un ser que permanece, con su forma sutil, a los pies del kūtastha, es decir, en el primer nivel rúpico del conocimiento, de buddhi. Pero el kūtastha es el purushottama. Y si de adhibhūta dice la Gītā que su naturaleza es perecedera (VIII, 4), se refiere con ello a la envoltura causal, a su individualidad —y esa es su naturaleza — porque su individualidad es su envoltura perecedera. De esa envoltura se desprenderá al fin cuando por disipación de la individualidad le llegue el momento de su no retorno, de no ser ya un jívātman, sino pararnātman.

Por poseer adhibhūta una forma, aunque etérea, dice el Señor que Le ven los que poseen el ojo del conocimiento (XV, 10). El yogui le vio, aunque fugaz, en una ocasión, porque él se dejó ver, y su forma era un doble del cuerpo prakrítico, aunque bastante luminoso y hermoseado. Lo que el ojo del conocimiento ve de adhibhūta, en verdad, es el ashvattha. el cuerpo causal, pero eso no es exactamente adhibhūta. tal como ver el cuerpo prakrítico no es ver al morador. Adhibhūta es justamente el morador imperecedero del cuerpo, el Encarnado, si atendemos a su expresión más próxima a la mirada del yogui; y es Aquello (11,11-30), si nos elevamos al purushottama más sutil, el paramātman (XV.17). No resulta difícil identificar adhibhūta con el Encarnado que la Gītā menciona. El Encarnado es el protagonista indestructible de esos ciclos de vida, muerte y luego vida, que le obligan a retornar a un nuevo cuerpo prakrítico cada vez, y así es como continúa encadenado a la acción de los gunas de prakriti. Sólo cuando adhibhūta, el Encarnado, se libra de tales gunas, alcanza los mundos inmaculados de los que conocen lo Supremo (XIV, 5.7.8.14).

5,4. Adhibhūta es, como todos los adhi con los que en su descenso se recubrió el purushottama, la víctima más directa, aunque no la única, ni la más elevada, del sacrificio asumido por el purushottama desde los primeros pasos de la humanidad. Durante mucho tierno ha esperado y espera adhibhūta, envuelto en su individualidad, morador Encarnado, uno tras otro, de los cuerpos perecederos sucesivos, la hora en que un yogui, despierto ya a eso, le reconozca como el escalón más bajo y próximo, y se una a él, es decir, se haga uno con él, para ayudarle en su hasta ahora solitario caminar hacia el purushottama. En lo que respecta a nuestro yogui, que ya es un bienaventurado frecuentador de kūtastha, esa hora primera del reconocimiento de adhibhūta como el suelo de sí mismo, parece haber llegado.

Maravillado ante el descubrimiento, recrecida su fe poderosamente, esa fe que nunca fue ciega sino inquisitiva, y colmada su ansia de contemplar Aquello como el Fin Supremo (XII,20), rememora el yogui una estrofa decisiva del Señor: Con una devoción inconmovible puede ser conocido y visto Mi tattva (Mi adhi) y hasta penetrado (XI, 54). Penetrar, tal vez sea cruzar, ir más adentro, y eso es lo que ocurre sin necesidad de formular deseo alguno. Cuando el yogui permanece semidespierto en la plenitud de esto, sabe que adhibhūta es su sí mismo, y cuando vive totalmente despierto, después, en eso, adhibhūta es él mismo. Entonces, el paralelo y conjuntado ascenso, interior y exterior, hacia el purushottama, es más lúcido y vivo.

5,5. Adhidaiva es el reino de lo divino, exento de forma. Algunos dicen que adhidaiva es como una riada de bienaventuranza que se extiende sobre sí misma, porque no hay otra cosa para contenerla. Cuando se dice que adhidaiva es bienaventuranza, no es que bienaventuranza sea un atributo de adhidaiva, porque el atributo es allí una dualidad imposible, y todo debe ser contemplado en la unidad: Tanto es adhidaiva bienvaventuranza, como bienaventuranza es adhidaiva.

Cuando adhibhūta y el yogui trabajaron juntos, de día y de noche, la obra condujo a la disolución de la última vestidura de prakriti: la individualidad; y todo es ahora adhidaiva, el mar de la plenitud de eso que a todo se extiende. En cierto modo, adhidaiva es el ingreso en mahāt, el grande, la consumación del buddhi-yoga que la Gītā propone. Tal como ahora se revela, el buddhi-yoga no es unirse con algo, sino que buddhi suprema es libertad en un mar sin gotas. Por efecto del mar de buddhi, el yogui que parecía ser, ya no es, emborrachado con la inmensidad de ese mar.

¡La página más importante carece de historia, pues no tiene tiempo, ni forma, ni historiador! Sólo es que eso lo llena todo, y el contento del ātman se manifiesta (VI,20). Entonces, se hace patente esa bienaventuranza infinita que es percibida por buddhi más allá de los sentidos (VI,21).

5,6. De adhiyajna dice el Señor de la Gītā: Yo mismo soy adhiyajna aquí en este cuerpo (VIII, 4). Adhiyajna es el ātman que la Gītā describe como Krishna, el bienaventurado Señor de los Sacrificios, puesto que como purusha supremo asumió para sí y para todos cuantos creyeron ser, el sacrificio de ser. En cierto modo, adhiyajna, que es el ātman, el único ser que en verdad somos, es el sacrificio del ātman, y por eso dice el Señor: Soy adhiyajna aquí en este cuerpo. En eso se diferencia de adhyātma, el ātman con el dharma del Sacrificio ya cumplido y que no está en el cuerpo. Por eso dice la Gītā que adhyātma es nuestro estado propio natural (VIII,3). Un comentario tradicional agrega: Es aquel estado que encontramos después de haber pasado por lo perecedero.

Ahora, tal vez, comprendemos mejor que, en cuanto purusha supremo, el purushottama, el que trasciende lo perecedero y está más allá de lo imperecedero (XV, 18), encierra en su significado real ser adhyātma con su dharma cumplido, el ātman, el Señor de los Sacrificios (Krishna), que conocemos como adhiyajna, adhidaiva y adhibhūta; además, de ser, o siendo por eso, nosotros mismos, ese nosotros al que el ya desenmascarado purusha perecedero adora devotamente siempre y a toda hora. Eso mismo es lo que debía sentir el sabio Gaudapāda cuando dijo:

Con veneración me inclino, delante del purushottama (Karika IV, 1).

 

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