A través de los siglos, los maestros han dicho que hay cuatro etapas de progreso espiritual. La primera es la etapa de la dificultad, cuando uno tiene que desplegar mucho esfuerzo para calmar y controlar las agitadas y dispersas ondas de la mente. En esta etapa muchas personas se vuelven inquietas e impacientes y abandonan su práctica espiritual.
La segunda etapa es la etapa de la realización, cuando la mente alcanza completa concentración y experimenta un estado de conciencia más elevado. Aquellos que prueban esta bienaventuranza suprema, aunque sólo sea por un momento, conocen que ésta es la mayor experiencia de la vida humana y dedican todas sus energías a permanecer sumergidos en este estado para siempre.
En el tercer estado, por la concentración regular e intensa, la mente se vuelve coherente y se desarrollan poderes psíquicos. Esta es la etapa más peligrosa, donde incluso grandes yoguis han caído en el camino. Si las energías psíquicas de uno son utilizadas prematuramente en el mundo externo, uno nunca alcanzará la perfección. Es como tratar de llevar agua al piso más alto de un edificio por un tubo que tiene muchos agujeros, el agua nunca alcanzará el punto más alto.
El Santo Ramakrisna dijo una vez a su amado discípulo Vivekananda: “A través de severa disciplina espiritual yo he adquirido ciertos poderes, te los daré a ti; puedes usarlos cuando sea necesario. ¿Qué dices a esto?”. Vivekananda reflexionó un momento y preguntó: “Señor, ¿esos poderes me ayudarán para mi propia realización?” Su maestro respondió: “No”.
Vivekananda dijo: “Entonces yo no los quiero. Permíteme primero realizar a Dios y después decidiré si los quiero o no. Si acepto ahora estos maravillosos poderes, puedo olvidar mi ideal. Y si los uso para algún propósito egoísta, pueden conducirme a la ruina. Así que por favor, Maestro, guárdalos tú”.
Aquellos que no permiten que sus mentes se distraigan por los poderes psíquicos y emplean todas sus energías en anhelar al Supremo, son como una niña que llora constantemente por su madre. Para distraerla, su madre le da una muñeca. Pero cuando la niña no está satisfecha con la muñeca, la arroja a un lado gritando: “¡yo no quiero la muñeca, yo te quiero a ti!”, entonces la madre tiene que venir y tomar a la niña en su regazo. Los aspirantes espirituales tienen que ser como la niña. Si lloran al Supremo “¡yo no quiero poderes ocultos, yo te quiero a ti!”, entonces pueden estar seguros de alcanzar la meta.
Y cuando llegan a la cuarta etapa y esta indescriptible bienaventuranza fluye a través de cada fibra de su ser, sabrán que, en comparación con el éxtasis de su divina unión, los poderes psíquicos son muy pobres.
Dos hermanos comenzaron a practicar yoga juntos, pero mientras uno era un buscador sincero de la verdad, el otro estaba enamorado de los poderes ocultos. Después de muchos años de separación se encontraron junto a un río. Un hermano usó sus poderes ocultos para cruzar el río, mientras que el otro pagó un peso al barquero. Cuando alcanzaron la orilla opuesta, el primer hermano preguntó orgullosamente qué pensaba su otro hermano de la hazaña. Él contestó: “ya veo que después de todos estos años de esfuerzos, tu logro espiritual es equivalente sólo a un peso”.












































































































