Una vez había un sacerdote Hindú que acostumbraba ofrecer todos los alimentos al Ser Supremo antes de comerlos, como ya era su tradición. Y un día, estando ocupado, envió a su niña pequeña para que fuera al templo a ofrecer la leche. La niña, tomando el tazón lleno de leche, fue al altar a hacer lo que su papá le había indicado.
Con una oración, ofreció al Ser Supremo el alimento y esperó un rato. Pero como el SEÑOR no se aparecía, volvió a ofrecerlo. Al no ver resultado, comenzó a llorar desesperadamente. Las lágrimas puras, inocentes y sinceras de la niña llegaron hasta el Señor, quien se manifestó en forma humana y tomó toda la leche. La niña corrió llena de contento hacia su padre.
Cuando llegó con el recipiente vacío, el padre le dijo: “¿Dónde está la leche? Has venido con el recipiente vacío”. La niña contestó: ¡Oh, padre! El SEÑOR se apareció y se ha tomado la leche tal como yo se la ofrecí.
“Pero no puede ser”, replicó el padre incrédulo. “Vamos al templo otra vez y llevemos otro tazón de leche, a ver si estás hablando la verdad”.
De nuevo la niña imploró al Ser Supremo que tomara la leche que le ofrecía. El Ser Supremo apareció ante ellos para tomar la ofrenda. Y el padre, asombrado, se postró emocionado a los pies de su pequeña hija, siendo más tarde su discípulo.
La diferencia entre la ofrenda de la niña y la del padre es que la niña ofrendaba con sinceridad y pureza. Dios siempre escucha los corazones puros.












































































































